Libro “Eduardo Souto de Moura”

En un VIPS (tiendas en las que puedes encontrar prensa, libros, cds, videos, comida,… o incluso comer en su restaurante) me he encontrado un libro interesante y a un precio muy bueno. Su precio real es de 95 Euros, pero lo he encontrado a 16 Euros. Una buena ocasión para adentrarse en la obra de uno de los arquitectos portugueses más interesantes.

Constituye la monografia más amplia de la obra de Eduardo Souto de Moura que se ha publicado hasta el momento. Ademas de las memorias de los proyectos, revisadas por él, se incluyen textos del arquitecto, una conversación entre él, Alvaro Siza y Fernando Tavora, que intenta establecer vinculos generacionales en la arquitectura portuguesa“.

La arquitectura del poder de Deyan Sudjic

  La arquitectura del poder Deyan Sudjic
PVP: 27,90 € · Editorial Ariel · ISBN: 84-344-5308-1 
Esta semana se publica un libro que escarba en las relaciones entre el poder y la arquitectura a lo largo del siglo XX: desde Hitler y Albert Speer a los políticos actuales y los arquitectos “estrella” (Calatrava, Foster, …). A través de una mirada ácida y crítica repasa muchas anécdotas que descubren la utilización de la arquitectura como propaganda del poder. Recientemente se ha publicado un fragmento en La Vanguardia, que reproducimos aquí. 

El lector es introducido en un manicomio habitado por políticos sedientos de poder, mecenas extremadamente ricos y los arquitectos que han trabajado para ellos… Al final, y pese a todo, la arquitectura resulta ser importante, así como el escribir sobre ella de un modo erudito, apasionado e inteligente New Statesman

Una lectura imprescindible para cualquiera interesado en cómo se construye el mundo en que vivimos Amanda Levete, The Independent

Irresistible como una novela… Por momentos es como si la reflexión académica y la columna de cotilleos se fusionaran…Sudjic nos lleva continuamente detrás de las bambalinas…. Fascinante Norman Foster

Ahora todo el mundo quiere un icono. Quieren que un arquitecto haga lo mismo que hizo el Guggenheim de Gehry para Bilbao y el teatro de la ópera de Jorn Utzon para Sydney. Cuando por fin se inauguró el Walt Disney Hall en Los Ángeles, en la mayoría de los discursos de la ceremonia de inauguración se habló más de cómo la nueva sala de conciertos afectaría a la imagen de la ciudad que de su acústica. Sin duda, no es ésta una manera infalible de conseguir una arquitectura discreta y con tacto, o incluso de calidad. El efecto de tanta preocupación por crear una imagen es tan perjudicial para los arquitectos como para las ciudades que los contratan. Nunca se ha dado que tanta arquitectura de alta visibilidad fuera diseñada por tan poca gente. A veces parece como si sólo hubiera treinta arquitectos en todo el mundo, el circo volador de viajeros eternos. Veinte de ellos se toman a sí mismos lo bastante en serio como para reconocer la presencia de otro miembro del círculo mágico cuando se encuentran en la sala de primera en Heathrow; los otros diez se han quedado ya sin fuerzas tras haber sido adelantados por sus colegas, aunque de momento todavía pueden captar clientes gracias a sus glorias pasadas. Juntos forman el grupo que da los nombres que surgen una y otra vez cuando otra ciudad tristemente engañada se pone en acción con la falsa idea de que va a superar al Guggenheim de Bilbao con una galería de arte que se parecerá a un choque de trenes, un platillo volador o un hotel en forma de meteorito de veinte plantas. Se les ve en Nueva York y en Tokio, y, salvo dos excepciones, son todos hombres; están en el avión rumbo a Guadalajara y Seattle, en Ámsterdam y, por supuesto, por toda Barcelona. Y ahora empiezan a converger en Pekín. Se van encontrando una y otra vez, participando en los mismos concursos convocados por invitación, y aparecen en el estrado de las ceremonias del premio Pritzker y en los jurados que eligen a los ganadores de los concursos en los que ellos no participan. ¿Y esto por qué es así? En parte porque la arquitectura ha conseguido dejar su impronta en una cultura más amplia de una manera que nunca lo había hecho antes: ahora la gente se fija en los edificios. El problema es que dado lo extraña que es buena parte de la arquitectura contemporánea, ¿cómo pueden los clientes saber que su accidente de trenes, su meteorito o su platillo volador en concreto va a ser el hito que buscaban y no la pila de basura que en el fondo sospechan que es?

La respuesta es que no pueden saberlo. Así que dependen de esa lista de treinta nombres de arquitectos que los diseñaron antes. Son los que tienen licencia para ser raros. El que contrata a uno de ellos puede estar seguro de que nadie se burlará de él. Es como comprar un traje de la marca adecuada cuando uno no entiende de moda. Pero es un arma de doble filo. Cuantos más proyectos acaparan esos pocos nombres, menos nombres quedan para elegir en el siguiente proyecto. El resultado es que la arquitectura se convierte en una actividad brutalmente dividida, atrapada entre la hambruna y la glotonería. O bien los arquitectos tienen demasiado trabajo para concentrarse en él como es debido y, por lo tanto, echan a perder su reputación al parodiarse a si mismos, o tienen tan poco trabajo que la ampliación de una cocina puede convertirse en la obra de toda su vida y, por lo tanto, se mueren de hambre. Eso favorece bien poco a los supuestos beneficiarios del proceso. Asimismo, la continua atención y el bombo tienen un efecto preocupante en algunos de los miembros más sugestionables del circo volador. Y es que empiezan a creérselo. No pueden evitar un asomo de burla despectiva hacia cualquier arquitecto que no pertenezca al círculo encantado y que no esté presente en la sala en un momento dado. Pero además está la constante preocupación de que los eclipsen al temer que su pertenencia al grupo sólo sea temporal. Es el resultado natural de la extraña búsqueda del icono que invadida la arquitectura.

Santiago Calatrava, la versión oscura y kitsch de la inventiva juguetona y libre de Gehry, sigue considerándose arquitecto. Pero en realidad ha renunciado a diseñar edificios para concentrarse en la producción de iconos. Creó la estación de tránsito en la Zona Cero, con sus elevadas alas de cristal que apuntan hacia el cielo y su pico de acero que toca el suelo y que recuerda de manera molesta al logo de American Airlines. Su teatro de la ópera de Valencia parece el esqueleto blanqueado de una criatura marina prehistórica inflado a gran escala. Calatrava no para de inaugurar puentes nuevos para añadir a una colección que incluye muestras de Bilbao, Barcelona, Mérida, Manchester y Venecia. De una manera conmovedora, sigue insistiendo en dar una excusa funcional (…)

Calatrava diseñó lo que se supone que es una sala de conciertos en Santa Cruz de Tenerife, una ciudad de 250.000 habitantes. Oficialmente, se dijo que la estructura de cemento blanco parece una ola que rompe en el paseo marítimo. Los menos comprensivos la interpretarían como una representación gigantesca del velo de una monja, o incluso como una especie de imitación del lejano Sydney. En cualquier caso es el clásico proyecto icónico: un edificio cultural, diseñado con una importante subvención de los fondos públicos, con la clara intención de conseguir que una ciudad desconocida salga en las páginas de las revistas de las compañías aéreas. Calatrava es un fuera de serie, y todo el mundo sabe que además de arquitecto también es ingeniero, una combinación que le ha permitido hacer ver que su obra esconde una lógica interna, lo que le da la excusa para lo que, de lo contrario, podría quedar como un exhibicionismo descarado (…) 

El museo ha sido el tipo de construcción más vulnerable entre los edificios que pecan de esta tendencia, porque es con el que es más fácil jugar. Los arquitectos pueden manipulado, pero el verdadero problema surge cuando la gente intenta hacer lo mismo con una biblioteca pública o un plan de viviendas. Sin embargo, cuanto mayor es el número de los clientes que siguen pidiendo iconos, menor es la tendencia de una nueva generación de arquitectos a complacerlos. Los edificios banales, estridentes, exhibicionistas, sufren las consecuencias de la ley de los rendimientos decrecientes. La acertada respuesta de los artistas más jóvenes que poseen una visión estratégica -por ejemplo, Foreign Office Architects- es diseñar edificios que, como la terminal de transbordadores de Yokohama, no puedan reducirse a un logo. Y el museo nuevo de más éxito en Estados Unidos es una vieja fábrica de cajas de cartón a orillas del río Hudson, desprovisto de cualquier tipo de monumentalismo afectado. Tal vez, como el art nouveau, que floreció brevemente a finales del siglo XIX, el icono se volvió ubicuo justo cuando estaba a punto de desaparecer.

  • Fragmento del libro “La arquitectura del poder” publicado esta semana